En mi casa, hemos sido siempre pobres, Cinta. Aunque, bien mirado, no
conozco a nadie que se haya hecho rico trabajando de peón en una
fábrica, como lo hacía mi padre. Y era duro,
créeme, tener que pasarse los días a la intemperie,
acarreando piezas enormes de corcho y jugándose la salud a
cambio de un salario miserable. Eran tiempos difíciles y los
patronos aprovechaban para exigir más que nunca y pagar un
salario tan escaso como les era posible. Pero, a pesar de todo, nadie
se atrevía a protestar. Quien lo hacía, ya sabía a
qué atenerse. Los periódicos decían que las colas
de desocupados hambrientos aumentaban día a día y que era
muy sencillo encontrar sustituto para cualquiera. De modo que no estaba
la situación para andar con bromas. En fin, ya debes saber como
son estas cosas.
Mi padre volvía a casa de noche y siempre molido. Antes, sin
embargo, acostumbraba a matar unas horas en la barra del Hostal del
Manco o, escaleras arriba, en la cama inmunda de la habitación
donde decían que Juana la Manca recibía a los clientes.
Acudía cada noche con la esperanza de ahogar en alcohol la
soledad y la miseria que le acompañaban siempre o de olvidarlas,
al menos, entre la carne fláccida y sarnosa de aquella mujer a
quien todo el mundo pagaba por unas caricias falsas. Nunca
obtenía ni una cosa ni la otra, pero se dejaba un buen
puñado de monedas en el intento. Con el resto del sueldo, mi
madre tenía que procurar que a Fran y a mí no nos faltara
nunca ni qué comer ni con qué vestirnos. Y aún no
he podido averiguar como lo conseguía.
Cada vez con mayor frecuencia, mi padre llegaba bebido y descompuesto.
Entonces, Fran y yo, que ya conocíamos el percal, nos
escondíamos en nuestra pequeña habitación. Si nos
descubría, quizás descargara su ira sobre nuestras
espaldas. Si no, eso que nos ahorrábamos. Desde nuestro refugio,
silenciosos como muertos, escuchábamos las quejas de mi madre
cuando le pegaba o, las noches que no le llegaba para pagarse la puta,
los gritos que daba mientras la forzaba. Nunca osamos intervenir. El
llanto amargo de nuestra madre nos sacudía el ánimo, pero
el miedo era más fuerte y nos atenazaba y nos obligaba a
permanecer quietos, apenas sin respirar, en nuestro frágil
refugio. Después, Fran y yo soñábamos que
algún día nuestro padre dejaría de beber y de
pegarle. Entonces, seríamos una familia como las otras. Mientras
llegaba ese día, nos mirábamos y la constancia de
tenernos el uno al otro mitigaba un poco el terror que sentíamos.
La mañana en que Ángel Ochoa, a quien entonces aún
no llamaban de don, vino a preguntarnos si la nuestra era la casa de
Salvador Sorribes, pensé que nunca había visto sudar tan
copiosamente a una persona. Le dije que a mí me llamaban
Salvador y también Sorribes, pero que seguramente quien le
interesaba era mi padre. Me dijo que no, que era el encargado de la
fábrica de corcho y que, en realidad, quería hablar con
mi madre, que mi padre bien sabía donde estaba. Mi madre no
está, le dije, ha salido a trabajar a la alquería de los
Bayarri y aún tardará un poco en volver. Me miró
muy serio, como si estudiara la conveniencia o no de hacerme
depositario del mensaje que tanto le hacía sudar y se
pasó un pañuelo por la frente y las mejillas.
Traía muy sucias las lentes de las gafas y no paraba de resoplar
y de rascarse la papada. Finalmente, supongo que para evitarse la
molestia de volver, decidió ponerme en antecedentes: mira,
Salvador, tu padre ha caído de una escalera y está mal,
muy mal, díselo a tu madre cuando vuelva... Nunca
olvidaré aquella voz salivosa, Cinta, aquellas mejillas
desbordantes y blandas y aquella boca carnosa que parecía
masticar las palabras. Me invitó a anotar el número de la
fábrica, por si mi madre quería llamarle, pero yo le
advertí que no teníamos teléfono. Somos pobres,
señor, tuve que aclararle. Frunció los labios en un gesto
incómodo, movió la cabeza y se dio la vuelta, sin
añadir nada más. Se fue cojeando. Cuando ella
volvió, corrimos a preguntar dónde estaba nuestro padre.
La fábrica hacía horas que se había quedado en
silencio, pero Ángel Ochoa no se había marchado
todavía. Indicó de mala gana a un conductor que, ya que
bajaba a la ciudad, nos acercara al hospital donde lo habían
trasladado a toda prisa. Nunca habíamos estado antes, en la
ciudad, ni Fran ni yo. Un médico enjuto y pálido nos
informó de que el paciente tenía pocas posibilidades de
sobrevivir. Y si lo conseguía, añadió, se
asemejaría más a un vegetal que a un hombre. Nuestra
madre se pasó tres días y tres noches al lado del
enfermo. Rezaba sin parar y Fran y yo la imitábamos. Nunca
hablamos de ello, pero yo siempre creí que todos
rogábamos a Dios para que, a pesar de todo, no se llevase a
nuestro padre. Ahora sé que mi madre le pedía para no
tener que cuidar a un vegetal.
El día del entierro, nos vistieron a los dos de negro.
Parecíamos seminaristas, Cinta, dos seminaristas, Fran y yo.
Mosén Alberto pronunció desde el púlpito unas
palabras de compromiso y nuestra madre, también de negro,
lloró un instante. En las escaleras del atrio de San
Sebastián, nos esperaba el alcalde y dueño de la
fábrica, Gustavo Vives, de quien Ángel Ochoa no se
alejaba ni un palmo. Primero el patrono y después el encargado
abrazaron a nuestra madre y le hicieron unas cuantas promesas, antes de
partir. Todo el mundo nos dijo que lo sentía mucho y que, en el
fondo, el difunto era una buena persona. Ya imaginarás
qué querían decir exactamente. Se ofrecieron por si
necesitábamos algo, pero yo nunca he vuelto a ver sus caras por
casa. Cuando volvimos, nuestra madre había abandonado ya aquel
rictus de dolor que se había impuesto en la iglesia.
En los días sucesivos, Fran y yo acompañamos a nuestra
madre otra vez a la ciudad, a tramitar la pensión de viuda. Nos
pedían muchos papeles y parecía que por más que
llevásemos nunca alcanzaríamos a traer bastantes. Al
final, un funcionario nos indicó que la empresa tan sólo
había declarado una parte del sueldo que le pagaba a nuestro
padre y que por eso nos correspondía un subsidio tan escaso.
Nuestra madre protestó, pero aquel hombre nos dijo que
así era como estaban las cosas y que él no podía
hacer nada por cambiarlas, que ya había hecho demasiado
atendiéndonos y que, si no nos parecía bien,
podíamos presentar un recurso. Ninguno de nosotros sabía
que era aquello del recurso, así que optamos por maldecir entre
dientes y resignarnos. Después, he sabido que significaba
más papeles, de manera que quizás no nos equivocamos al
dejarlo correr. Al día siguiente, convencida de la sinceridad de
las palabras del patrono, mi madre se acercó a la fábrica
a pedir ayuda. Se pasó la mañana entera sentada en una
sala con dos enormes ventanales, viendo como se elevaba el sol sobre la
verde planicie de los pastos del Común. Volvió por la
tarde, pero ni Gustavo Vives ni Ángel Ochoa encontraron tiempo
para escucharla. Tu sabes mejor que nadie como es esta gente, Cinta.
De nuestro padre, heredamos una vieja escopeta de caza, unos cuantos
pantalones que mi madre remendó para que nos ajustaran bien, una
fotografía donde lucía, descamisado, vestido de militar
al lado de unos compañeros igualmente descamisados y ebrios y un
patio lleno de pájaros enjaulados a los que nuestra madre
abrió la puertecilla metálica el mismo día del
entierro. Algunos de ellos hacía tanto tiempo que
permanecían encerrados que se habían olvidado de volar. A
los pocos días, vino a casa un hombre a quien llamaban
Bartolomé Mingues, pero Fran y yo siempre nos referimos a
él como el hombre, simplemente. Se quedó un buen rato
hablando con nuestra madre y después salieron los dos juntos.
Volvió más veces. En ocasiones, se encerraban en la
habitación de matrimonio y Fran y yo los escuchábamos
gemir. Un día, el hombre vino para quedarse. Nos explicó
que él sería ahora nuestro padre. No nos pegaba como el
otro, ni tampoco a nuestra madre, pero siempre estaba encima de
nosotros diciéndonos qué cosas estaban bien y qué
cosas no. Aseguraba que nos habían criado como a salvajes y
dudaba de que fuera posible corregirnos nunca.
La tarde en que Fran se fugó, el hombre se sentó ante
mí y me miró fijamente. Nuestra madre lloraba en la
cocina y sus gritos me mordían el ánimo como los lobos
hambrientos de las leyendas se comían los ganados tiempo
atrás, en el prado de la Viuda. El hombre me dijo que
íbamos a hablar como dos adultos que éramos, de hombre a
hombre, en confianza. Pensaba que Fran era buen chico, aunque un poco
rebelde. Que había que guiarlo de la mano para que llegara a
buen puerto y que nuestra madre sufría mucho a causa de su
negligencia. Después, me preguntó si sabía
adónde había ido. Hacía una semana que
conocía que Fran pensaba abandonarnos. Había cogido mis
ahorros y me había prometido volver a por mí un
día, cuando se hubiera convertido en alguien importante. Pensaba
dejar que el azar determinara qué rumbo tomaría o, al
menos, si los tenía, no me confió sus propósitos
reales. Sin embargo, ni siquiera tan escasos detalles le
confesé. ¿Quién era él para preguntarme? El
tono de la voz del hombre se fue crispando a cada requerimiento
desdeñado, hasta que, fuera de sí, me golpeó. Lo
miré desde el suelo con odio, pero nada le dije. No puede ser
buena gente quien traiciona los secretos de un hermano.
Lo encontraron en la ciudad, desnutrido y sucio, sentado en un umbral
del Grao, dos semanas más tarde. Quería enrolarse en un
barco pero los patrones le pedían unos papeles que él no
tenía. Cuando los dos guardias que lo escoltaban abandonaron la
casa, el hombre le propinó una paliza feroz, haciendo
oídos sordos a las súplicas de nuestra madre. Era como si
quisiera recuperar en un solo día todos los golpes que nunca nos
había llegado a dar. Fran pasó más de diez
días en cama, sin abrir la boca. Después, todo
continuó de la misma manera, pero la sonrisa feliz de nuestra
madre se había transformado en una mueca de tristeza.
La tarde que Bartolomé Mingues se fue sin decir nada, ella se
esforzó para que no le adivináramos las lágrimas.
Fran, que de un tiempo a esta parte había comenzado a hacer
migas con el prófugo y lo acompañaba a cazar, le
compró un vestido nuevo y la animó a no dejarse ganar por
el desánimo, pero ella continuó esperándolo un
día y otro y, poco a poco, se le encanecieron los cabellos y el
rostro se le ajó como los pétalos de una rosa ya vieja.
Sospechaba que le había ocurrido algo extraño y no cesaba
de repetir que Bartolomé Mingues no era de aquellos que bajan la
cabeza sin más y ningún argumento era suficiente para
convencerla. Fran lamentaba que sufriera por quien ni tan sólo
había mostrado coraje suficiente para dejar una nota de
despedida y ella se enojaba y se le echaba encima y descargaba sobre
él una lluvia de golpes y luego lo besaba y lo abrazaba y le
pedía perdón. A mí me daba la sensación de
que nuestra madre, por primera vez, se sabía demasiado sola y
demasiado vieja y no conservaba ya la energía necesaria para
comenzar de nuevo.
Una tarde, Fran me presentó a María. Tenía
dieciséis años y una expresión dulce y
risueña. Me dijo que eran novios y ella enrojeció de la
cabeza a los pies, pero no se atrevió a desmentirlo. Aquella
noche no pude conciliar el sueño. Me había enamorado de
María y no podía alejarla de mis pensamientos. Fran me
preguntó qué ocurría y yo le mentí que
únicamente tenia algo de desazón. Nunca intenté
nada con ella. Era la chica de mi hermano y aquellas eran palabras
sagradas para mí. Pero no pude evitar alegrarme cuando, unos
meses más tarde, Fran decidió que tenía que romper
con ella. Había encontrado trabajo en una empresa exportadora de
frutas a Portugal así que tendría que viajar allá
donde le mandaran. Y quería prescindir de cualquier atadura.
Dos meses más tarde, empecé a salir con María.
Fran, al enterarse, me dijo que era buena chica y que se alegraba por
mí. Cuando el trabajo se lo permitía, nos
acompañaba a bailar y sacaba a menudo a María. Yo, que
siempre he sido bastante torpe para el baile, observaba con
admiración como se abandonaban ligeros a la cadencia suave de
aquellas canciones que nunca me han vuelto a parecer tan dulces.
Realmente, pensaba, era una suerte tener un hermano como Fran y una
novia como María.
Nos casamos unos años después. Fran vino a la boda tan
bien vestido que apenas lo supimos reconocer. San Sebastián me
parecía una catedral, aquella mañana, y las palabras de
mosén Alberto me supieron a gloria. Fran nos felicitó a
los dos, bailó un par de piezas con María, me
abrazó con fuerza y me comunicó que volvía a
Portugal y que no sabía cuando regresaría. Quizás
tardara seis meses, quizás un año. Todo estaba en
función de la marcha de las obras.
A los seis meses, encontré trabajo en la gasolinera que
funcionaba desde la puesta en marcha de la nueva carretera. Era duro
trabajar tantas horas, pero necesitábamos dinero. Lo que
más me pesaba era tener que trabajar tantos domingos. Una de
cada tres semanas, hacía el turno de noche. Entonces, pensaba en
María y un sentimiento de tristeza me oprimía el
ánimo. Al llegar, de buena mañana, ella me esperaba y me
besaba en las mejillas y me ofrecía un café muy caliente.
De vez en cuando, hacíamos el amor en silencio. No puede haber
sensación más dulce que la que me dejaba en los labios la
piel tierna de María. En aquellos instantes, sentía tanta
felicidad que me dormía con el miedo de haberlo perdido todo,
cuando despertara.
Fran volvió cuando faltaban unos días para cumplirse el
año de ausencia. Las obras de aquel subterráneo que
construían no habían acabado aún, pero
había tenido que huir. Se había endeudado con una
organización de jugadores portugueses que ahora le
exigían la satisfacción inmediata del crédito. Y
pensaba que yo, su hermano, no iba a negarle la ayuda. María y
yo apenas lográbamos llegar a fin de mes así que
difícilmente podíamos serle de utilidad. Pero Fran
encontró la solución enseguida. Atracaría la
gasolinera una noche que yo estuviera de servicio. Se llevaría
la caja y después me ataría para que nadie sospechara de
mí. La coartada sería perfecta. Tan sólo restaba
escoger un día en que la recaudación fuera importante. A
mí me daba miedo, todo aquello, pero no podía dejar a
Fran en la estacada. ¿Abandonar a un hermano no sería
propio de gente honrada, no crees, Cinta?
Todo aconteció como Fran había previsto. Esperó
hasta que la gasolinera quedara vacía y entonces cogió
todo el dinero de la caja. Después, me ató a la silla y,
antes de que me diera cuenta, me golpeó con el puño. Me
pidió disculpas, me besó la herida de la mejilla y
huyó. Cuando vinieron el cabo Gobelas y los otros guardias, les
describí un hombre que en nada se parecía a Fran. Nunca
atraparon al ladrón.
No sé si fue casualidad o es que tal vez llegó a
sospechar algo, pero a los pocos días el señor Castell,
el patrón, me comunicó que había reestructurado
los horarios y que, en adelante, me tocaría cubrir siempre el
turno de noche. No era justo, pero no me atreví a protestar.
Tenía mucho miedo de perder el trabajo.
Se hizo duro tener que pasar tantas noches alejado de María.
Ella, además, iba cada día a unas casas del Barrio Alto,
a quitarle el polvo a los muebles y a lavarles la vajilla. Ya no me
esperaba cada mañana con el café recién hecho y un
beso dispuesto en los labios, ni nunca podíamos hacer el amor
antes de que me acostara. A mí no me gustaba que María
tuviese que trabajar, pero, si no era así, no podríamos
nunca reunir el dinero suficiente para enfrentar con alguna
garantía un futuro siempre incierto. Sin embargo, se
hacía duro. Apenas nos veíamos un rato por la noche y los
escasos domingos que libraba, nos acercábamos al parque nuevo de
los pastos del Común, a esparcir migas para que se las comieran
las palomas o a recorrer enlazados el paseo del Estanque hasta llegar
al bosque o a demorarnos entre los árboles como lo
hacíamos durante el noviazgo. Fue en aquel tiempo en que me
aficioné a la caza. A media tarde, cuando me levantaba,
cogía la vieja escopeta de mi padre y me alejaba monte arriba,
por la senda que atraviesa el alcornocal de Levante hasta el manantial
del Perdido. Me olvidaba de todo, en medio de aquel silencio, Cinta. Me
olvidaba de todo. En aquellas tardes descubrí las razones de la
obsesión de mi padre por los pájaros. Con frecuencia, me
sentaba sobre una piedra y me quedaba quieto, en silencio, intentando
discernir entre el clamor del bosque la nerviosa impaciencia de la
curruca, el chillido alegre y confiado del petirrojo, la extravagante
protesta de los mirlos que huían al intuir el peligro o el canto
del ruiseñor esforzándose por marcar su territorio.
Escudriñar el latido del bosque era, en suma, como escuchar las
historias que, de niño, no tuve quien me contara.
De Fran no supimos nada en algunos meses. Un día se
presentó de buena mañana. Hacía apenas una hora
que me había dormido cuando la queja trémula del timbre
alteró la paz de la casa. Venía a darme las gracias y se
iba rápidamente. Me contó que había conseguido
pagar todas las deudas y que se volvía a Portugal. Me dio
recuerdos para María y se perdió en el interior de un
coche tan gris como nuestras vidas.
Apenas trabajé unos meses más en la gasolinera. El
patrón me había tomado ojeriza y me perseguía con
todo tipo de arbitrariedades. No sólo me impuso un horario
infernal sino que, además, me reñía a menudo y por
los detalles más simples. En algún momento, llegué
a pensar que el señor Castell debía saber más de
lo que daba a entender, pero siempre me he preguntado cómo y
nunca he sido capaz de encontrar ninguna respuesta convincente. La
tensión se acumulaba, pero no podía responderle. Y el
silencio, he de confesarlo, me iba matando. María había
perdido el trabajo y, si yo me quedaba también en la calle, no
sabía cómo nos las íbamos a arreglar. Por eso,
cuando el sobrino del alcalde me preguntó si conocía a
alguien que quisiera trabajar de camionero, no dudé ni un solo
instante.
La vida a bordo del camión tampoco era fácil, Cinta, pero
al menos se podía disfrutar de una cierta libertad. Viajaba
cuatro o cinco días y descansaba uno o dos, según
vinieran las cosas. El sueldo era aceptable y el patrón era
buena gente. Lo único que me disgustaba era tener que dejar sola
a María, pero calculaba que sería sólo durante
unos años, los indispensables para poder reunir algo de dinero.
Pasaron cerca de diez meses sin que tuviéramos noticias de Fran.
Se presentó un día de repente, como hacía siempre.
Llovía con intensidad y venía mojado de la cabeza a los
pies. Huía de aquella organización portuguesa que ya nos
era familiar. Se había introducido en un camión en Lisboa
y había hecho el viaje oculto en un habitáculo
mínimo, escondido entre las cajas de fruta. Necesitaba salir del
país, pero no podía hacerlo como todo el mundo. La
organización que lo perseguía, nos dijo, también
tenía controladas las fronteras.
Me ofrecí a conducirle hasta Amsterdam. Tendría que
camuflarse entre la carga. No sería un viaje de placer, pero era
la única salida que se me venía a la cabeza. Improvisamos
un espacio diminuto y le dejamos agua y comida al alcance de la mano.
Me encargué de introducir personalmente la mercancía para
que nadie lo descubriera.
El trayecto hasta la frontera se me hizo eterno. Rezaba todo el tiempo
para que no fueran demasiado escrupulosos en la aduana. Tuvimos suerte
y no escarbaron demasiado. Tampoco en la entrada de Holanda los
policías nos incordiaron mucho. Había disimulado el
escondrijo bajo unos cartones, de manera que, cuando descargaran el
camión, nadie pudiera sospechar. No obstante, le dije al mozo
que anduviera con tiento, que cargaba mercancías muy delicadas,
y le ofrecí unos billetes para ayudar a convencerlo. El hombre
no hizo preguntas. Descargó el camión y fue a
emborracharse a mi salud.
Había tenido la precaución de cambiar en florines una
buena parte de nuestros ahorros. Fran los necesitaría para
sobrevivir en aquel país extranjero. No sabía como se lo
iba a tomar María, cuando pudiera contárselo, pero un
hermano es un hermano, Cinta, y no hubiera sido de personas honradas
abandonarlo a su suerte.
Quedó en escribir tan pronto como pudiera y así lo hizo
transcurridos tres meses. Había resuelto sus problemas con los
portugueses y ahora residía en Milán. No precisó
en qué andaba metido, pero dejaba caer que le iba bien. Y
prometía venir a vernos al cabo de unas pocas semanas.
Llegó de buena mañana, pero yo ya estaba levantado.
María había salido a hacer unos trabajos y estaría
de vuelta para comer. Resultaba difícil darle consejo, pero
necesitaba decirle que tenía que rehacer su vida. Me
prometió que había vuelto para quedarse. Que, tan pronto
como encontrase trabajo, se instalaría en el pueblo y ya nunca
más nos daría problemas. Pensaba devolverme todo el
dinero que le había prestado lo más pronto posible.
Al día siguiente, partí hacia Lugo. El viaje se hizo
largo. Tenía ganas de volver y asegurarme de que las cosas,
ahora sí, volvían a la normalidad. Sin embargo,
aún pasó un mes hasta que Fran encontró empleo. La
crisis ahogaba a las empresas y éstas hacían lo propio
con los trabajadores. Más o menos como ocurre siempre. Con todo,
Fran consiguió que el alcalde lo empleara como encargado en las
obras que habían emprendido en las afueras del pueblo. Nunca
había trabajado en la construcción, por eso me
sorprendió que le dieran tanta responsabilidad, tan de golpe,
pero él nunca llegó a explicarme las razones. Le pagaban
poco a cambio de muchas horas y de mucho esfuerzo, pero era
posiblemente el último tren y Fran no podía perderlo. En
un principio, se centró bastante en sus nuevas ocupaciones y yo
quería pensar que la inquietud que le adivinaba en los
últimos días sería nada más que una
borrasca pasajera. Partí hacia Sevilla, unos días
más tarde, con la esperanza de que, por fin, la suerte se
dignara cambiar.
No sabría precisar si aquel semáforo estaba verde o si ya
había mudado a rojo. En realidad, no alcancé a verlo.
Cuando descubrí el coche negro era seguramente demasiado tarde
para intentar esquivarlo. En momentos como ése, sin embargo, no
se llega a pensar. De modo que intenté modificar bruscamente la
trayectoria del camión, pero las ruedas no me quisieron
obedecer. Patinaron a causa de la maniobra y el vehículo
volcó. La mercancía se esparció por todas partes,
pero yo tuve suerte. No tenía sino un arañazo en la
frente.
Al conductor del coche tuvieron que ingresarlo en el hospital,
así que vino la policía. Arreglamos los papeles y,
después de interesarme por la salud de aquel hombre, me
acerqué en taxi a la estación. Si salía
algún tren, viajaría toda la noche y me
presentaría en casa al día siguiente.
No pude dormir ni siquiera un minuto. Tenía miedo de que aquel
accidente echara a perder la buena suerte que intuía desde que
Fran había decidido establecerse en el pueblo. La empresa
tenía contratado un seguro para hacer frente a eventualidades
como ésta, pero el chófer que tenía una
negligencia nunca era tan bien considerado como antes. Pero no todo
eran malos presagios. Si podía viajar de inmediato, aún
llegaría a tiempo de darle un beso a María por su
aniversario. En todo caso, tendría que pensar cómo
presentarme ante ella sin provocarle un sobresalto. El tren, sin
embargo, se retrasó muchísimo y cuando llegó a la
estación, el autobús hacia el pueblo ya hacía
horas que había partido. En un bar que frecuentaba cuando paraba
en la ciudad, un colega que viajaba hacia el pueblo se ofreció a
llevarme. Era ya de noche, cuando llegamos, y ella, seguramente,
estaría durmiendo. La despertaría con mucho cuidado y le
explicaría que no tenía que preocuparse, que estaba bien
y que tan sólo había tenido un poco de mala suerte.
Después, la besaría para felicitarle los años que
cumplía.
De lo que pasó después, ya habrás oído
hablar, Cinta. Si te lo cuento, es tan sólo porque hemos
acordado confesárnoslo todo: la casa estaba silenciosa y las
luces, apagadas, pero María no estaba durmiendo. Enlazaba con su
cuerpo la anatomía poderosa de Fran. Hacían el amor en la
misma cama que tantas veces había acogido nuestros cuerpos.
Estaban tan sumergidos el uno en el otro que no advirtieron que iba a
buscar la vieja escopeta de cazador de nuestro padre. Les
disparé una bala tras otra, sin cesar. La sangre de los dos se
iba fundiendo en una sola mancha sobre la cama. Admito que fue cruel,
tener que matarlos, pero no es buena gente quien traiciona de este modo
la confianza de un hermano. |